
Si en vez de a finales del siglo XVI, Shakespeare tuviese que escribir en estos tiempos, moriría de desasosiego. Y es que el amor, ya no es lo que era. O, al menos, eso parece. Hoy en día en vez de un noble, Romeo bien podría ser un jovencito ruso de pelo rubio o un comentarista deportivo venido a menos (o a más, según se mire) y su enamorada, Julieta a la sazón, una mindundi salida de cualquier reality o una ex actriz porno convertida en futura mamá. Y viceversa, que de todo hay, como en botica.
Dos familias encontradas, odio, rencor y venganza, eso sería lo único que el maestro inglés podría rescatar al adaptar su obra. Y lo triste (más si cabe que el verdadero final) es que hoy, esa supuesta historia de amor no acabaría en suicidio, sino en el plató de cualquier mal llamado programa del corazón, previo pago, eso sí, donde una parte despelleja a la otra azuzada por varios buitres carroñeros (perdón a los buitres) pendientes únicamente del cadáver que quede en el suelo. Más si cabe, si al día siguiente habrá una segunda vuelta en la que la otra parte se levantará de sus propias cenizas para arrojar ahora ella al suelo a quien ayer hizo lo mismo. Y más si cabe aún, cuando al tercer día ambas partes harán lo mismo, pero cara a cara, sin importarles la imagen que dan al mundo, las risas cómplices de quienes les pagan o la vergüenza ajena de quienes tenemos que apagar el televisor para no morir, esta vez, también de desasosiego.
Un par de chicos de dieciséis años se preguntaban qué es eso del amor, llegando a la conclusión de que no existe, de que es algo que nos hemos inventado. Hace un par de tardes alguien, retomando el tema, me decía que el amor, en cierto modo, sí que lo hemos creado nosotros, que hay culturas en las que no existe como tal (excepto el amor de una madre a un hijo, que parece tener componentes hormonales que le quitan mérito) y que de hacerlo, no sería más que una mezcla entre cariño y atracción, un diez de cariño y un diez de atracción, parece.
No sé si estoy de acuerdo con estos planteamientos. En parte sí y en parte no, pero eso ahora no importa. La cuestión era cómo Shakespeare iba a escribir en estos tiempos. Porque en Romeo y Julieta el amor es una necesidad ineludible del hombre, una necesidad llevada a la más sublime de las virtudes, a la sublimación misma. Y hoy lo sublime es llenarse los bolsillos de billetes fáciles contando delante de una cámara los besos que se han dado y los que no y los que se inventan y los que se compran y los que se venden y dios sabe cuántas cosas más. No quiero ni pensarlo, pero quizás hoy a Shakespeare no le quedaría más salida que convertirse en Jorge Javier Vázquez y presentar “el tomate”.
Y es que ya nadie está dispuesto a morir por amor. O tal vez sí, pero esas historias no dan la vuelta al mundo; no se conocen, se siguen viviendo en secreto (en secreto público, claro) porque no venden.