Voy a dedicarme a contar miradas perdidas. Y después de contarlas, las meteré todas en un saquito y les preguntaré hacia dónde van.
Creo que el Metro es el lugar donde más miradas se pierden: tras un escote, en otros ojos, en la sonrisa de un niño... Casi siempre son miradas de reojo, escurridizas, vergonzosas; miradas que huyen cuando te las encuentras cara a cara... A veces, son miradas egoístas las que se levantan de un libro para volver a él si entra una mujer embarazada. Otras, son ancianas miradas de rencor a la entrada o salida del vagón porque los ojos que te miran son de los que ya van con prisas a todas partes por miedo a no llegar nunca. En ocasiones, las miradas forman triángulos concéntricos de mil y una puntas, estrellas cuyos vértices convergen en muchos puntos a la vez.
Las mías se pierden en los zapatos de los viajeros... y en ti si viajas conmigo.
