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Guardo una botella de vodka bajo la cama de mi compañero de piso. Él no lo sabe, ni siquiera lo intuye. Hace tiempo que las cervezas han hecho mella en su aspecto. Bueno, sí, es una manera más o menos fina de decir que es medio barrigón y que, creo, ahora mismo sería incapaz de doblarse lo suficiente como para alcanzar a ver lo que hay bajo su colchón. Que por qué la guardo ahí. No lo sé. Supongo que por la misma razón que hace tres días escondí bajo la cama de mi compañera de piso dos zapatos rojos de tacón de aguja. Ella sí podría verlos. Su figura es más estilizada, pero casi nunca está en casa. Cuando está, pasa el tiempo entre la cocina y el salón y sólo acude a su dormitorio para respirar confusa al compás de un amante de ocasión. ¿Por qué 'confusa'? No lo sé. Guardar cosas bajo camas ajenas no me hace ser de esa clase de personas que escuchan a través de las paredes.
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